La Fiorentina se compró un pisito para toda la vida en 1932. Desde entonces resulta complicado ver decentemente el fútbol desde la curva Fiesole pero imposible no entregarse a la seducción de un campo mítico. La imponente torre Maratona, metros de fascismo entreverando el cemento armado pero también Socrates y Prandelli durante un ratito.
Y tantos partidos esenciales. El vasco Goicochea les preparó la maleta a los yugoslavos allí mismo, en aquella tanda agónica de cuartos en el Mundial 90. ¿Quién no recuerda los veinte minutos atómicos de Anselmo Robbiati con el cuchillo entre los dientes y el reloj pegado al culo? Y los incontables fracasos ligueros. Rui Costa y Nintendo. Borja Valero encadenando saltos al dedillo, como un Super Mario calvo dando clases de trigonometría.
La casa viola es una iglesia extraña en forma de D, unos dicen que obligada por la recta de la pista atlética, otros que por la ortografía del Duce. Es un cromo ilustre que sobrevive con las paredes agrietadas porque contra ellas siguen golpeando balonazos geniales de Antognoni, Baggio o Batistuta. Así se acomodan los tabiques hasta hacerlos irrompibles. Aunque la sartenada interminable de decepciones lo haya puesto en peligro en demasiadas ocasiones.
Pero por encima de todo, el Franchi es un lugar donde gusta el buen fútbol. Dicen que el balón con el que se jugó el partido inaugural lo lazó un aviador acrobático desde el cielo y que la pelota, que es sabia, decidió vivir a partir de entonces a ras de césped en Florencia. Y ahí sigue.
Fotos: Filippo Brandini
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